Xayra, actualidad de Voltaire

Por Luis Miguel López Alanís

El fanatismo es el apasionamiento de grupos o clases sociales que defienden con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones, que se entusiasman ciegamente por ellas; es una afición vehemente y ciega que lleva a que los fanáticos se comporten cotidianamente de manera violenta e irracional, a que menosprecien las opiniones de los demás porque consideran que su idea es la única válida; comparten características, todas actuantes en menor o mayor grado, como el deseo de imponer brutalmente sus propias ideas, despreciar a quienes son diferentes, basarse en ideas que consideran dogmas incuestionables, tener una visión maniquea de las cosas -todo es blanco o negro-, y, finalmente, carecer por competo de todo espíritu crítico. La falta de racionalidad puede llegar a tal extremo que, por fanatismo, una persona mate a otra o, peor aún, una nación destruya a otra. Cuando el fanatismo llega al poder político, suele desarrollar todo un sistema para la imposición de sus creencias, castigando al racionalismo y la crítica social con la cárcel o incluso la muerte.

El fanatismo, pues, es un azote para la humanidad. Y el valor de la obra de teatro Xayra o la fe triunfante del amor y cetro, de Voltaire, con la que Michoacán se presenta al XVII Encuentro Nacional de Teatro, organizado en San Luis Potosí por el Movimiento Antorchista, es el de denunciar esta práctica detestable que hace su víctima a “la mujer más digna que ilustró la virtud y la inocencia”, a Xayra, el único personaje tolerante y no fanático de la obra.

El fanatismo se manifiesta en la intolerancia hacia los otros y sus formas de pensar y de ser, ya sea de carácter político, ideológico, religioso, racial o de cualquier otra índole. El ejemplo más claro y conocido de fanatismo es el de tipo religioso, al que Voltaire se refirió como “una locura religiosa, oscura y cruel. Es una enfermedad que se adquiere como la viruela”. Pero fanatismo e intolerancia no son sólo una manifestación subjetiva, esto es, no existen sólo como una actitud propia del pensamiento, meramente ideal y desconectada de la realidad del sujeto que las manifiesta, o como un delirio producto de enfermedades psicológicas, sino que están estrechamente ligadas a los intereses materiales del individuo, del grupo o clase social a que pertenece. La fuente de donde brotan fanatismo e intolerancia no es, pues, sólo la cabeza de los hombres, sino también sus circunstancias, su realidad y sus necesidades e intereses como grupo social.

Como perfectos ejemplos de ese horror religioso que sólo ha traído muerte y destrucción merecería destacarse la creación de la Santa Inquisición durante la Edad Media europea, en agresiva defensa del poder y dominio eclesiástico. Era ésta una institución dentro de la Iglesia Católica que tenía como clara misión acabar con la herejía y para ello establecía tribunales encargados de “juzgar” a quienes considerara brujos, ateos o adoradores del demonio. Ello dio lugar a todo tipo de injusticias e inculpaciones a inocentes que murieron quemados en la hoguera o que sufrieron todo tipo de torturas absolutamente abominables. Estas decenas de miles de víctimas servían de aterrador ejemplo al resto de la población europea para mantenerla severamente controlada.

El fanatismo y la intolerancia religiosa marcaron una senda sangrienta en el México del siglo XIX y principios del XX: la guerra de Reforma y la guerra Cristera significaron la defensa violenta de un sistema de vida caduco, basado en los privilegios y en formas de explotación de la fuerza de trabajo que ya no correspondían a los intereses de la nueva clase dominante que emergía: la burguesía nacionalista que en su proceso de apoderarse de las propiedades, minas, bosques y mares, con sus nuevas leyes, las de 1857 y 1917, tenía que imponer en el país la libertad de credo o de conciencia, es decir, adecuada a su nuevo tipo de explotación, una forma de ser diferente del mexicano común que el fanatismo no podría tolerar y contra la que llevó a cabo inicuas guerras y promovió invasiones.

Xayra, joven de escasos 18 años de origen cristiano, pero mahometana por crianza, enamorada del sultán de Jerusalem, en el siglo XII, reconoce que no le ofende la doctrina cristiana y la considera admirable, se muestra agradecida por los beneficios de un cristiano y está dispuesta a ponerlo como ejemplo de virtud ante los miserables esclavos, se dispone a aprender heroicidad de él y a empeñar su corazón en la felicidad de los humanos; ella, una musulmana, se muestra dispuesta a ser madre y protectora de los esclavos cristianos. A través de ella, Voltaire, le dice al mundo del siglo XVIII que en los musulmanes hay nobleza, generosidad, compasión, beneficencia, humanidad, cualidades todas dignas de cualquier ser humano. Pero esta admirable mujer está rodeada del más feroz fanatismo que triunfa sobre el amor que siente. Se trata de una conmovedora tragedia del llamado neoclasicismo francés, que nos conduce a profundas reflexiones.

El Movimiento Antorchista sabe que quienes la actúan se transforman positivamente al verse envueltos en una trama que es asombrosamente actual, que se desarrolla en la misma Siria que siglos después sigue planteando estos mismos problemas no sólo entre cristianos y musulmanes, sino entre diferentes tipos de estos últimos, algunos apoyados por el imperialismo que encuentra en su fanatismo un excelente mercado para sus armas y para destruir ciudades completas esperando el jugoso negocio de reconstruirlas. Se transforma también el público, al enterarse de estos problemas por la vivencia casi mágica del teatro, por la carga de historicidad que necesariamente lleva este tipo de obras, misma que proporciona al público elementos de la perspectiva histórica tan necesaria para ubicar acertadamente el presente y modificarlo para un mejor futuro.

Y como movimiento político, también optamos por llevar obras como Xayra a los más pobres, porque ¿qué tipo de intolerancia pueden tener aquellos que carecen de todo, que no poseen ningún medio de producción, sino sólo su propia fuerza de trabajo? La igualdad de esta clase de hombres, por estrictas razones económicas, no opone radicalmente a un proletario musulmán con un proletario cristiano, o de cualquier otra religión, sea de piel negra, blanca, mestiza o amarilla. En la base de la tolerancia social, la coexistencia y la cooperación para el desarrollo social entre los diferentes grupos humanos, pues, se encuentra la clase social más humilde, la que no tiene nada que perder y sí un futuro luminoso que ganar. Voltaire es un magnífico escalón de elástica potencia que nos lanza en pos de este ideal. Con esa aspiración humildemente representamos Xayra o la fe triunfante del amor y cetro.

Morelia, Mich, a 20 de diciembre de 2016

 

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